De cómo me afectó Stranger Things
La serie que ha redefinido la cultura pop actual con movidas antiguas
Verano de 2016. En Netflix, ese proveedor de contenidos por streaming que aún la gente miraba de reojo (al menos aquí en España), anuncia una serie con un eslógan parecido a “Un show de eventos sobrenaturales con Winona Ryder”, a la postre, la actriz más importante de un reparto prácticamente desconocido, salvando a Matthew Modine en su papel de mad doctor.
Nadie, ni los hermanos Duffer, ni la propia Netflix, ni todos los que vieron la publicidad de la serie hace diez años, esperarían lo más mínimo la repercusión que tuvo a lo largo de cinco temporadas, hasta tal punto de que hoy día son parte de la cultura pop actual habiendo reciclado gran parte de, precisamente, la cultura pop norteamericana de los ochenta.
Juegos de rol, salones recreativos, gorras, chándales y bicicletas de la época, banda sonora escogida con temazos contemporáneos y ese tono apagado de colores aplicado en postproducción que fundía definitivamente el tiempo presente con un pasado alternativo en el que un grupo de chavales vivía aventuras y se enfrentaba a movidas súper-extrañas con unos cuantos malos de por medio.
Un show de eventos sobrenaturales con Winona Ryder.
Netflix, Julio 2016
Ya que estoy aquí, en mi Substack, un lugar de confort en el que no entra mucha gente pero te permite escribir de lo que quieras sin exponerte al hate masivo de las redes sociales de hoy día, voy a contar lo que me sucedió durante aquella primera temporada.
Lo primero es que la serie me fascinó, como a tantos puretas ochenteros que vimos reflejado, sino de forma 100% cercana -la España de los ochenta, definitivamente, no se parecía en exceso a ese pueblo ficticio norteamericano de la serie-, lo suficientemente reconocible como para tocarnos la patata e impulsar el espíritu adolescentemedio despierto, medio dormido que llevamos en nuestro interior.
Lo segundo, y esto es mucho más personal, es que yo andaba escribiendo los primeros capítulos de lo que se convertiría en mi primera novela, La llave de los misterios. Una historia ubicada en un pasado alternativo en el que un grupo de chavales vivía aventuras y se enfrentaba a movidas súper-extrañas con unos cuantos malos de por medio. Sí, he hecho copy-paste de la frase del párrafo anterior porque venía al pelo.
Juegos de rol, salones recreativos, gorras, chándales y bicicletas de la época, banda sonora escogida con temazos contemporáneos y ese tono apagado de colores aplicado en postproducción
Esta primeriza novela aún requería mucho trabajo, transitaría por varios recodos del proceso editorial y terminaría viendo la luz -por vez primera- en abril de 2018, gracias a la editorial Cazador de Ratas. La llave de los misterios siempre estuvo más cerca de un The Goonies en Cádiz, mi ciudad natal, aderezado con las leyendas propias de la mitología gaditana y de la tradición oral que ha llegado a nuestros días, pero no cabe duda que ver a Will Byers, Mike, Dustin, Lucas y demás panda en pantalla fue un acicate para rematar la historia.
Los ochenta volvían a ponerse de moda -si es que alguna vez dejaron de estarlo- y a esa ola había que subirse en marcha, de la manera que fuera. No fueron pocas las veces que, a la hora de vender el libro en ferias o encuentros literarios, utilicé la frase “¿Te gusta Stranger Things? Pues esta novela va de eso, pero en Cádiz” para encasquetar algún que otro libro. Técnicas de venta, que se dice.
El devenir de las temporadas ha sido irregular, no nos engañemos, como en cualquier serie de éxito que se precie. Algunas tuvieron más tino en el guion y en las formas que otras. La primera y la cuarta suelen ser encumbradas como las más acertadas. Y la quinta, que en realidad acaba de terminar como aquel que dice, ha dejado tal reguero de opiniones a su paso que es lo que refrenda aquello que comentaba al principio acerca del eco y la repercusión de Stranger Things.
No quiero hacer spoilers, a pesar de que cuando escribo estas líneas ya ha pasado una semana desde la emisión del último capítulo, pero sí tengo que decir que esa irregularidad ha sido más patente que nunca en la temporada final, y que, a pesar de unos cuantos boquetes por los que se han colado tramas sin cerrar y un puñado de Demogorgons, el colofón del fenómeno televisivo ha dejado unas cuantas escenas para recordar, plenas de emoción.
Y ahí es donde quería yo llegar. En concreto, a una de esas escenas. En ella, sin dar demasiado detalle, el suficiente para que todo aquel lector que haya visto el capítulo ocho de la temporada cinco sepa a qué me refiero, hay un personaje cuyo arco argumental se cierra frente a una máquina de escribir. Es en ese momento cuando se deja escuchar una frase que me hizo temblar de pies a cabeza:
“Fue entonces cuando se pudo dedicar a escribir las historias que vivió con sus amigos”
Comprenderán ustedes cuánto me vi reflejado, cuánto de ese torpe e ilusionado Jesús Relinque de 2016 había en dicho personaje mientras trataba de encadenar palabras, escribiendo las aventuras del Club de los Pringaos, esos Gunis de Cadi, sus amigos de toda la vida, sus experiencias y vivencias entrelazadas con las cositas de la tierra y la cultura pop ochentera.
Yo elijo creer, por supuesto.


